La cultura de armas en una guerra cultural

Hace tiempo que no escribo–con todo lo que pasa en la vida, a veces uno queda ocupado, como ustedes ya bien sabrán. Vuelvo a tomar la pluma esta vez para comentar respecto a algo que he visto varias veces, tanto en mis viajes al exterior como por las actitudes expresadas por esta gran herramienta que es el internet, que nos conecta y facilita el libre fluir de información por casi todo el mundo.

Hablo respecto a una guerra cultural que existe entre basicamente un país solo (los Estados Unidos de América) y un grupo de otras países, mayormente europeas. Con o sin justificación en sus varios aspectos, el segundo grupo considera que los Estados Unidos de América es un país de una cultura retrasada y que su propia cultura es una progresiva. Bien, ahora poniendo eso aparte, este segundo grupo de personas europeas ve la cuestión de las armas dentro del esquema de esta guerra cultural.

Es decir, que al considerar las armas de fuego, y las leyes que se deben establecer respecto a ellas, personas de este otro lado de la guerra cultural muchas veces parecen incapaces de considerar la cuestión de manera independiente. Lo ven primera y muchas veces únicamente como otro frente en la guerra cultural: están por lo general en contra de la tendencia de armas de fuego no por ellas en sí, sino porque la ley y la cultura norteamericana están mayormente a favor de la misma. En este caso, el derecho de armas o el control de armas, o mas bien las actitudes que se poseen respecto a ellos, sirven simplemente para comunicar la actitud hacia la cultura de los Estados Unidos.

Es algo extremamente desafortunado. Me ubico en los Estados Unidos y soy orgulloso de ser estadounidense, y soy orgulloso que lo bueno que mi país ha logrado tanto internamente como externamente. Más allá de eso, a la vez admito francamente que no somos un país perfecto, que nuestro gobierno ha cometido muchos errores que han perjudicado el bienestar de muchas naciones y varios pueblos externos, y que nuestra cultura no está sin sus faltas. Pero todo eso no debe importar cuando uno considera la cuestión de los derechos naturales, incluso los de tener y portar armas. Éste no es un derecho norteamericano, sino que ¡es un derecho humano! Sea lo que sea la opinión de uno respecto a mi país, esa opinión no debe echar prejuicio sobre la libertad–la libertad de tener armas–como tampoco el amor a una prensa libre o a los derechos de los acusados debe sufrir por una mala opinión hacia mi país, siendo ellas cosas que nosotros también sostenemos. Si son cosas buenas en sí, que sean buenas para todos, y no odiadas por odio a quien las ama.

Que la libertad no sea víctima inocente de una guerra cultural.

La democracia, la ciudadanía, y el derecho de armarse

Los orígenes de la democracia están en el antiguo Grecia, en el polis de Atenas. En aquella ciudad, como en otras ciudades-estados de la región, había un fuerte concepto de ciudadanía: el idea que todo ciudadano, en aquel entonces cierta clase de hombres, tenía una responsabilidad de apoyar a su patria (es decir, el pueblo en el que vivía), que a su vez se constituía por la voluntad y la activa participación de sus ciudadanos. Los ciudadanos no eran personas incapaces, personas débiles atados a un fuerte gobierno que los ayudaba como un padre ayuda a un nene. Eran hombres autosuficientes que no tan sólo servían a sí mismos, sino también a su comunidad. Este servicio, este sentido de pertenencia y responsabilidad comunales, los impulsaba a formar el cuerpo de milicia que defendía cada cual su propio polis, mientras ellos como individuos se juntaban en el escenario político para participar activamente del gobierno del mismo. Era el primer gran ejemplo de gobierno participativo y representativo que inspiró a los revolucionarios y fundadores liberales del continente americano, desde Canadá hasta Argentina: una organización de hombres libres y armados que se vieron capaces de gobernar a sí mismos y de defenderse también.

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La relación entre una ciudadanía armada y la institución de la democracia fue el enfoque de estudios mucho antes de este post. Hay una gran composición por el renombrado Dave Kopel llamada “Armas y los Griegos“, la cual leí hace muchos años y, dejando su marca a través de los años, seguramente inspiró mi pensamiento de hoy. Igualmente, ahí salen varias citas del importante e influyente filósofo griego Aristoteles. Explica cómo tiene que funcionar el sistema democrático:

Cuando los ciudadanos en general administran el estado para el interés común, el gobierno se llama por el nombre genérico–una constitución… en un gobierno constitucional, los hombres-guerreros tienen el poder supremo, y los que poseen armas son los ciudadanos.

Luego, comenta respecto a la relación entre una ciudadanía armada y la democracia, que la última cosa procede de la primera:

Pero cuando crecieron las ciudades y los bien armados aumentaron en fuerza, más gente podía participar en el gobierno, y ésta es la razón por la cual los estados que hoy se llaman gobiernos constitucionales antes se llamaban democracias.

Habla también de la seguridad que provee una ciudadanía armada a la libertad de un estado:

…tiene que haber armas, pues los miembros de la comunidad precisan de ellas, y también en sus propias manos, para mantener autoridad tanto contra súbditos desobedientes como contra agresores externos.

…ya que es cosa imposble que aquellos que son capaces de usar o resistir fuerza estén dispuestos a estar siempre en subordinación… aquellos que portan armas siempre pueden determinar el destino de la constitución.

Hoy en día, desafortunadamente, hay muchos que ven las cosas de forma diferente: el estado es el gran padre (o la gran madre, en algunos casos) de todos, que nos ayuda a todos (pues, y especialmente con todo poder concentrado en manos del estado, somos incapaces de lograr las cosas por nosotros mismos), y que nos protege a todos de las maldades de este mundo. A cambio, a nosotros sólo se nos pide que paguemos los impuestos y que de vez en cuando recurramos a elecciones para elegir quién será el padre o la madre de la patria por los próximos años. Una real participación, una real iniciativa propia e individual, que busca no exigir más beneficio del estado y más dependencia de parte de la población, sino que busca solucionar problemas propios y establecer la libertad, es cosa poco común. No está el concepto del ciudadano autosuficiente y responsable, no está el concepto de un gobierno y un pueblo que son lo más sinónimo posible, y ciertamente en muchas de las “democracias” de hoy no está el ideal de una ciudadanía armada que participa activamente en la defensa de su patria. El modelo antiguo y el modelo actual seguramente no coinciden en casi nada–¿por qué, entonces, les llamamos a los dos “democracia”? Considerando al civil no como igual del siervo público, y a la ciudadanía no como la fuente de su poder y la base del gobierno mismo sino como una amenaza contra su seguridad, gobiernos asi seudo-demócratas se aprovechan de excusas relacionadas con la prevención del delito y así fomentan leyes desarmistas.

Fue contra tal actitud que advirtió el filósofo ya nombrado, diciendo:

Como en oligarquía así también en tiranía… ambas desconfían del pueblo, y entonces lo privan de sus armas.

El ciudadano, el individuo, es la base del poder de un gobierno, es la fuente de su autoridad. Un gobierno que representa al pueblo, o sea, al conjunto de ciudadanos, tiene poco de temer de que esté armado. Al contrario, una ciudadanía armada es la mejor y suprema defensa de su patria y entonces de su gobierno, si es que ese gobierno es legítimo representante del mismo: por esa razón países a través de la historia, desde Atenas, hasta Inglaterra de la época de los arcos largos, hasta Brasil a principios del siglo XX, hasta Suiza de hoy en día–por eso todos esos países y más han confiado en su propia ciudadanía armada para defenderse. Pero cuando el gobierno no representa al pueblo, y cuando lo teme más que a enemigos externos, entonces lo desarma. Desafortunadamente, muchas veces tiene el apoyo del mismo pueblo engañado en esto–pues le ha enseñado a temer las herramientas de su propia libertad.

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Es realmente algo triste porque no tan solo prepara el camino para el despotismo, como se ha visto a través de la historia, pero forma parte del cambio de la posición del ciudadano respecto al estado. Preguntémonos: nuestros caudillos libertadores de antaño que guiaron a nuestros abuelos a la victoria, nuestros himnos nacionales que reclaman la libertad y prometen que “coronados de gloria vivamos o juremos con gloria morir”, nuestros héroes patriotas cuyas palabras y sangre pintaron una visión del futuro, realmente nos llaman a ser niños ante un estado paterno? Realmente nos piden arrodillarnos ante tiranos y agacharnos ante ladrones y asesinos? Estamos viviendo de acuerdo con la visión de la libertad? Somos ciudadanos o somos súbditos?

Quien tiene arma ¿tiene un problema?

Érase una vez un joven que se cruzó con un caballero kiosquero a quien le compró un pebete de jamón y queso, un alfajor, y una Coca-Cola. Al mover el joven su saco para sacar el dinero con que pensaba pagar, y sin intención ni dándose cuenta, quedó expuesto a la vista el mango de un cuchillo verijero, lo cual llevaba el joven en la forma tradicional, al nivel del apéndice y bajo su faja. Pagó al hombre y ahí recién éste le preguntó:

“¿Vos sabés que es ilegal llevar armas?”

Sorprendido, el joven le respondió: “Me habían dicho que no.”

“Es ilegal,” insistió el kiosquero.

“Un conocido mío conoce muy bien el tema, y enseña al respecto. Me dijo que era legal siempre que la intención no fuese criminal.”

“No, pero igual vos estás portando una arma blanca. No se puede. Encima, a veces la mejor arma son éstas”, dijo, sosteniendo las manos. Luego, con una actitud de satisfacción vanidosa, pasó las mismas manos por su cintura. “Mirame a mí: yo no porto armas. Yo no tengo miedo.”

“Yo no tengo miedo, pero tampoco me quiero descuidar,” respondió el joven humildemente.

“Sí, pero a veces es peor tener arma. Si la tenés que sacar, después puede terminar siendo peor para vos.”

“Bueno, gracias por decirme,” respondió el joven, todavía inseguro respecto al consejo que se le había dado.

“Te digo porque a mí me gustan los cuchillos. Los colecciono,” dijo el kiosquero, “pero los dejo ahí en casa.”

“Bueno, de igual manera, voy a buscar en la ley para asegurarme,” dijo el joven. “Gracias de nuevo.” Y así se fue.

Lo que ahí transcurrió es indicativo de unas cuantas falacias que se han establecido en el corazón de la población en general. Convencidos de su propia civilización, y de la barbarie de aquellos que tienen o portan armas, la actitud que poseen y exponen tipos como el kiosquero se puede resumir en una frase célebre:

Quien tiene arma tiene un problema.

Esta actitud es una que, hablando francamente, nace desde la ignorancia. Supone, ante todo, que el arma sirve de poner más en peligro a su dueño que a cualquier otro, que es para él un mayor riesgo que cualquier utilidad que ofrezca, que directamente no tiene utilidad, o que es una mala cosa en sí. Mas la gente que la repite no es, en su totalidad, mala gente–como creo que la mayoría de las personas en este mundo son bastante buenas–sólo es que se les ha dado a comer una mentira hasta el punto que la tragan entero.

Empecemos con las aserciones del kiosquero.

  1. Primero, dejando al lado cuestiones legales, él sostuvo que las mejores armas pueden ser las manos. Ésta es una de las falacias preferidas de los hoplófobos, que la mano vacía es más eficaz para la autodefensa que la mano armada. Se escucha muchas veces junto a fantasías karatecas, donde normalmente un novato en el noble estudio de las artes marciales no armadas busca justificar a sí mismo contra la dura realidad de la calle y de la historia humana: que, ceteris paribus, las armas son una ventaja en el combate. Como dijo el gran luchador brasilero, Rorion Gracie, “¿Más de uno? ¡Usá arma!”
    Hay un excelente artículo por Don Rearic, llamado “La realidad de la calle vs. otras realidades“, que habla específicamente de este mito. Él identifica razones por qué alguien diría tal cosa (entre ellas que la persona siente incómoda al saber que otra persona sabe usar armas que ella misma desconoce), e indica que no es cierta por razones históricas (ningún ejército se presentó al campo de batalla sin armas si fuera posible armarse).
    Yo voy a ir más allá y comparar la primera idea expresada por el kiosquero con otra que él mismo sostuvo: que las armas blancas son inapropiadas para llevar en la calle, cosa que lógicamente tiene que asociarse con el hecho de que las armas blancas son más peligrosas, más eficaces en el combate, que la mano vacía. Ese hecho sí es cierto; la conclusión del kiosquero a base de ello no lo es, y lo discutiremos luego. Por ahora reconozcamos que se contradice gravemente él que sostiene que las armas blancas son demasiado peligrosas para llevar encima, pero que la mano vacía es más eficaz (es decir, peligrosa) en la autodefensa: si las manos son armas más peligrosas, será de poca importancia que uno tenga un cuchillo a la mano.
  2. Segundo, el kiosquero sostuvo la falacia de que llevar arma comunica temor, miedo, o paranoia de parte de quien la lleva. Es una falacia porque supone que hay una sola actitud–la que probablemente tendría el kiosquero al verse impulsado a portar arma, ya que es él que las asoció con el miedo–con que se puede llevar un arma; la respuesta del joven muestra que no es cierto.
    Podemos hacer comparaciones con el tránsito automotriz: que uno lleve casco cuando encima de la moto, o cinturón de seguridad siendo pasajero en un auto, no quiere decir que tenga miedo o paranoia hacia la calle. Quiere decir que uno reconoce un probable peligro y, sin dejarse dominar por el miedo, se prepara ante el mismo. Tanto escritura religiosa como Clint Smith sostienen que él que está preparado no tiene por qué temer. Ser precavido no es ser paranoico.
    Antes bien, ser precavido respecto a la autodefensa no es nada más ni menos que reconocer que hay situaciones inesperadas que surgen en esta vida; que las mismas pueden perjudicar nuestra salud, nuestra vida, y las mismas de nuestros seres queridos; y que conviene prepararnos de antemano para enfrentarlas. El simple hecho de llevar un arma, y de aprender a usarla, no es una preparación drástica, no nos cuesta nada, pero sí nos da la oportunidad de, frente a situaciones precisas, ser los dueños de nuestro propio destino. Como dice el refrán, es mejor tenerla y no necesitarla, que necesitarla y no tenerla. En esto no hay paranoia.
  3. Tercero, el kiosquero indicó que las armas pueden hacer peor las cosas para quien las usa en defensa propia. Si se dijo en el sentido de riesgo legal, es una falacia porque supone que el costo de llevar y usar armas en circunstancias no claramente legales (como las circunstancias que discutían el joven y el kiosquero; conste que no hablo de romper la ley, sino que reconozco que aun donde la autodefensa armada no se considera delito a veces surgen complicaciones legales) es mayor que el costo de precisarlas y estar sin ellas en el momento debido. Sencillamente: supone que es peor sufrir una condena de cárcel que una muerte de la cual no hay salida. Si la arma se necesita–pues, usarla en circunstancias cuando no se necesita no se trata de autodefensa, y entonces no tiene que ver con nuestro análisis; el kiosquero mismo supuso una situación en que el arma se tenía que sacar–entonces la vida está ya en peligro, y no conozco a nadie que en el momento de urgencia se dejaría matar por no comter una posible violación del código penal.
    Si la conclusión se sacó en el sentido de riesgo físico, que el arma hará peor a una mala situación, o que hasta le será quitada al dueño y usada en su contra–es otra de las falacias que muchas veces sostienen los hoplófobos, tomando una remota posiblidad y haciendola el enfoque de una análisis. Que es incierto se muestra recurriendo a la estadística. Hablando específicamente de armas de fuego, el doctor Gary Kleck encontró que

    …es mucho menos probable que las víctimas que usan armas sufran heridas o pierdan propiedad que otras víctimas parecidas en circunstancias parecidas usando cualquier otra estrategia de autoprotección, incluso la de no ofrecer ninguna resistencia. Es poco común que víctimas que usan armas sufran heridas, y cuando si las sufren, normalmente se hirieron antes de que emplearan el arma. Por ejemplo, menos de 6% de víctimas de robo que usan armas de fuego sufren heridas después del uso defensivo del arma, y algunas de estas heridas a lo más probable se hubieran inflingido de igual manera, sin o con resistencia.

    Pero ni ahí nos es necesario ir. Podemos mirar simplemente a la lógica, y considerar las fuerzas de seguridad o a los criminales mismos. Si usar armas perjudica más a sus dueños que a los enemigos de ellos, o si perjudican más que no usarlas, entonces las fuerzas policiales y los criminales no usarían armas, y preferirían que sus enemigos (en el caso de los criminales, nosotros) sí las usaran para así ponerse a desventaja. Sin embargo, tanto la policía como los enemigos de la ley emplean armas blancas o de fuego, y 57% de criminales temen más el encontrarse con víctimas armadas que con la misma policía.
    Entonces ni en el sentido legal, ni físico, las armas no empeoran la situación de quien las emplea en defensa propia.

Bueno, hemos dejado en claro que nuestro amigo kiosquero estaba equivocado. ¿De dónde sacó su actitud? Hemos dicho que puede que algunas personas critican la portación y el uso defensivo de armas porque no conocen las mismas, lo cual les incomoda ante una persona que sí las conoce o que está dispuesta a portarlas. Eso es un sentimiento natural, y su mejor remedio no es la condenación, sino el aprendizaje. Las armas son igualadoras, y si es que tomamos la iniciativa propia de armarnos tanto con herramientas de defensa como con capacitación, nos pueden dar la ventaja contra el mal. A cambio, es un grave error querer criminalizar su tenencia y portación para que nuestros buenos vecinos queden forzados a compartir el estado de indefensabilidad que hemos elegido para nosotros mismos, y así buscar igualdad en la debilidad para nuestra propia satisfacción. No tan sólo es injusto, sino que puede costar vidas.

Otra explicación puede ser que el kiosquero nunca tuvo ocasión de defenderse ante una amenaza más real que una pelea de boliche, y entonces nunca vió la necesidad de portar armas–siendo ése el caso, si bien no lo podemos culpar por su desconocimiento, debemos culparlo por dar consejos sin conocimiento, como el consejo que la mano vacía es más eficaz en cuestiones de autodefensa. El remedio aquí es ayudar a tal persona a darse cuenta de las realidades del mundo en el que vivimos, mientras oramos para que nunca se terminen dando cuenta por vivirlas en carne propia.

Sugiero otra explicación: ya que el kiosquero sí tiene algún conocimiento de cuchillos, podemos considerar su hostilidad respecto a la portación de las mismas una manera de separarse a sí mismo de los que sí las portan. Naturalmente existen éstos últimos en otra categoría: por él, los cuchillos no son armas en el sentido más puro, sino que son juguetes o piezas de arte. Él no es uno de aquellos locos que las consideran capaces de herir o dañar, aunque sea en autodefensa, así que por favor no le vengan a él con críticas de paranoia. Él no está en eso. Él es uno de los verdaderos responsables, y ¿qué mejor manera de mostrarlo que aconsejando con condescendencia a uno de los “otros”? Frente a tal actitud debemos responder como el joven en el cuento, y simple ser humildes: si es que “otros” hemos de ser, seamos los “otros” mas gentiles que podamos.

Al final, probablemente los tres factores juegan en su decisión de aconsejar en contra de la portación de armas por razones más que legales y con tal actitud.

El kiosquero es sólo uno de muchos que consideran que tener arma es tener un problema. Se asustan con visiones de accidentes, de irresponsabilidades borrachas, de pasiones violentas no contenidas. Proyectan estos miedos–miedos que capaz que sienten hacia sí mismos–sobre el resto de la sociedad y así repiten el refrán. Es algo que creen, y como les parece que hacen bien, se sienten bien al creerlo. Nunca precisaron de armas, y como no quieren matar a nadie, ¿para qué?

Admito que la frase “quien tiene arma tiene un problema” puede ser cierta, tal como lo pueden ser los dichos “quien tiene auto tiene un problema”, “quien tiene lavandina tiene un problema”, o “quien tiene fósforos tiene un problema”. Todos éstos son herramientas útiles que, descuidadas o mal usadas, pueden perjudicar a sus dueños. Pero ni autos ni lavandina ni fósforos–ya que herramientas comunes causan muchas más muertes que las armas de fuego, por ejemplo–son el blanco para ataques políticos ni para campañas públicas. Probablemente porque no son tan dramáticas los daños hechos por medios cotidianos, y porque todos los hemos usado, los fósforos y la lavandina no satisfacen nuestra necesidad de hacernos mejor que los demás, de esforzarnos contra un supuesto mal. Y ¿quien no quiere un auto zero kilómetro?

Las armas sí sirven esa función de vilipendio, y aun si las conocemos, podemos participar en su condenación, separándonos de los gauchos y salvajes que las reconocen por lo que son y no las odian por ser herramientas eficazes en el combate. Los que dicen “quien tiene arma tiene un problema” no consideran los beneficios de tener armas, cosa que ellos desconocen, ni quieren conocer. Algunos se piensan mucho más civilizados que aquellos violentos que dicen estar dispuestos a hasta matar para salvarse a sí mismos, y no paran a pensar que el simple hecho de armarse no indica un deseo de matar a nadie, tampoco, sino el deseo de evitar la violencia y la muerte. Precisamente porque no paran a pensarlo, no los debemos convertir en enemigos, pero sí debemos invitarlos a conocer lo que tanto temen: a nosotros y a nuestras armas.

Yo tengo armas. Me sirven para aprendizaje científico, entretenimiento sano, caza ética, y coleccionismo, pero más que todas estas cosas, sirven para defender mi vida y mi libertad. Me esfuerzo por tratarlas con el respeto que merecen, observando normas de seguridad. Enseño a nuevos usadores de armas la manera de usarlas seguramente. Busco aprender más de su uso eficaz y responsable y busco profundizarme más en su empleo en el combate. Pero ni así, con todo el trato que tengo con armas, me han dado problema. Al contrario, con auto me he herido, con lavandina he arruinado ropa, y con fuego me he quemado. Pero la culpa no la tuvieron ninguna de esas cosas, sino que cada vez la culpa la tuve yo. Y si algún día llegue a tener problemas de armas, no será la culpa de las mismas, sino que será mi culpa–pues, a cambio de aquellos que se piensan superiores por desconocer las herramientas de la autodefensa, y por estar indefensas ellos mismos, reconozco que soy yo el que finalmente tiene la responsabilidad sobre mi propio destino.

El control de calibre

Siempre me ha decepcionado el hecho de que muchos países buscan controlar el calibre de las armas usadas por sus ciudadanos, especialmente cuando se trata de armas de puño. Considero que lo mismo surge de malas intenciones y un bajo nivel de comprensión respecto al asunto de las armas, la letalidad, y la autodefensa. Inspirado por las palabras de mis compañeros aquí, escribí lo siguiente.

Entre las medidas de control de armas, suponiendo (erroneamente, pero ya que es la justificación con que se dan, continúo) que están destinadas a mantener la seguridad pública, me parecen capaz las más tontas las medidas que restringen calibres comunes al civil. También son muy mal planeadas las medidas que restringen el uso de balas expansivas (Argentina) y que requieren que las armas y las municiones se guarden en lugares distintos (Australia), pero ya estoy saliendo de tema.

En Uruguay el calibre máximo que se puede poseer en una arma corta es 9mm (calibres mayores se pueden poseer como “coleccionista” pero hay leyes que restrignen el uso de las mismas armas, aunque se tengan legalmente). En México, poniendo al lado el charro, es el .38 Especial o el .380 el mayor calibre al cual el civil puede recurrir para protegerse contra la misma muerte. Estas medidas hacen que el arma de puño–muchas veces el arma más accessible–sea apenas capaz de defender la vida, mientras que las fuerzas policiales, que enfrentan a los mismos elementos criminales que los civiles, lo hacen con fuerza de números y con las armas más adecuadas de calibre 9mm y .45 ACP. Para mí, si el fin es la seguridad pública, eso no tiene sentido.

Delineo unas posibles justificaciones de restringir calibres adecuados (tan adecuados como puedan ser los calibres de pistola, siendo un intento de equilibrar la capacidad defensiva y la portabilidad) al ciudadano. Si es porque los calibres mayores son “más letales” o “más eficaces”, ¿me pueden explicar por qué un policía, frente a una amenaza a su seguridad, tiene más derecho a la eficacia defensiva que un civil frente a la misma? ¿Acaso el derecho de autodefensa–ya que la misma policía agarra armas largas para operaciones ofensivas, dejando la pistola para defenderse de los peligros imprevistos–extiende más al empleado público que al ciudadano cuyo consentimiento creó al gobierno? ¿Acaso la vida del personal policial es más importante que la del ciudadano, y entonces merece una defensa más adecuada? Otra justificación: Tal vez es porque la víctima del sicario, suponiendo (erroneamente) que éste guarda todas las leyes de armas, estará “menos muerta” cuando se le asesina con un .32 ACP a la cabeza, que con un 9mm. Con razón, ¿no? Al último, quizás los que son responsables con una .22 o un revólver de .32-20 se convierten en locos o en criminales cuando se suma una fracción de una pulgada al calibre de su proyectil. Tendría que ser, ¿no? Porque yo no veo ninguna justificación aparte. Y si esas cosas no son ciertas, y obviamente no son, entonces ¿por qué se requiere que el ciudadano entre al combate con una mano atada, en una manera de decir?

La verdad es que si una arma se va a usar bien, poco importa que su calibre sea adecuadamente mayor, y entonces las leyes al contrario no sirven; si se va a usar mal, tampoco importa mucho, porque el asesino no habrá guardado las leyes de control, que entonces tampoco sirven. Únicamente si suponemos que cada usuario legítimo de armas es 1) un futuro asesino que 2) a la vez tiene una proclividad por guardar toda otra ley menos la que prohibe el asesino y que 3) no se vale de una escopeta común de calibre 12 que es mucho, mucho más poderoso que cualquier arma corta y que queda disponible a todos–sólo en tal caso debemos esperar beneficiarnos, como público, de tales restricciones, y aun así, poco será el beneficio. Armado con una .38 o una .22 como notoriamente han usado los sicarios, me puede asesinar alguien de manera imprevista; al contrario, el propósito del ciudadano al sacar su revólver no es matar. Poco le importa que su enemigo muera una semana después en el quirófano si en el momento de pegar un tiro en defensa de su propia vida no logra parar el ataque y muere en el mismo hospital, o en la escena, porque su arma, aunque letal como lo son todas las armas, no fue eficaz para parar un atento contra su persona en el momento preciso. Y es para ese propósito–parar un ataque de inmediato, y no necesariamente para matar–que sirven las armas de .38 Súper, o 9mm, o .45 ACP, que restringen tales leyes.

Si podemos confiar en un ciudadano con un arma, ¿por qué no con un arma igual a las exigencias de la autodefensa?

Es posible que tales medidas, en su plena estupidez, se hayan dado acudiendo a una inmadura comprensión de armas. “‘Cuarenta y cinco’? Suena mucho más grande que ‘nueve milimetro’. ¿Quién precisa tal cañón? ¡Prohibido!” Puede ser que algun legislador no haya entendido que las armas cortas son relativamente débiles al lado de las tradicionales armas de caza que normalmente son las últimas en prohibirse, y, lleno de visiones de tiroteos de películas, buscó prohibir aquel revólver que hizo volar para atrás el contrincante de Dirty Harry. Pero aunque haya sido por tal equivocación, queda, entonces, la explicación de otros: el propósito de tales leyes no es para la seguridad pública. Es para la seguridad e impunidad estatal.

El charro: civil armado en defensa de México

Muchas veces se considera que la tradición del civil armado es algo único de los Estados Unidos de América–que por ser ligada a su historia, el norteamericano sostiene y practica esa tradición hasta el día de hoy, más que el ciudadano de cualquier otro país. Si bien es cierto todo eso, nos conviene detenernos y reconocer que esa tradición no es de ninguna manera posesión única del “yanqui”. Reconozcamos que tal tradición ha formado parte importante de la historia de otros lugares, especialmente en nuestro suelo americano (en el sentido más amplio de la palabra), y que esa herencia debe inspirar a los buenos ciudadanos de todo el mundo a mirar hacia atrás a su propia historia, valiéndose del orgullo y sabiduría de sus antepasados nacionales, para establecer la libertad de armas en el presente y en el futuro. A ese fin escribo.

El charro es del varón mexicano el símbolo por excelencia. Montado sobre su corcel, vestido de sus ropas típicas, y con su revolver a su lado, representa no tan sólo una tradición que ha sabido sobrevivir el paso del tiempo, sino también valores de antaño que hacen falta en nuestro mundo de hoy: la voluntad de trabajar, la disposición de servir, y la habilidad de defenderse a sí mismo, a su familia, a su Dios, y a su patria.

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Los Estados Unidos de México reconocen el derecho de tener y portar armas desde el décimo artículo la Constitución de 1857:

Todo hombre tiene derecho de poseer y portar armas para su seguridad y legítima defensa.

De acuerdo con ese principio, y aún antes de que se estableciera en la ley, el charro, con sus armas, ayudó a construir a los Estados Unidos de México, y sobre sus hombros descansa la tradición de una nación. Participaron en la defensa de Nueva España, como el país en entonces se conocía, ya que sus precursores formaron una banda montada para ese fin: los Dragones de la Cuera. Luego los “cuerudos” participaron en la Guerra de la Independencia, valiéndose de sus habilidades con el lazo para atrapar a sus enemigos realistas. En la intervención de Estados Unidos en los 1840, el hacendado Pablo Verástegui “contribuyó con recursos y hombres de su hacienda” para defender la patria. Charros participaron en la Guerra de Reforma y en la intervención francesa, allí apoyando tanto a Maximiliano (quien contribuyó a la tradición) por un lado, como a los repúblicanos por el otro. Y luego, por supuesto, vino la Revolución.

Tal vez el ejemplo más famoso del charro en su rol de ciudadano-soldado se encuentra en la persona de Emiliano Zapata, que usó de sus ganancias como granjero para adornar de plata su traje de charro. Comerciaba en caballos, y fue muy conocido por sus habilidades de jinete. Fue el mismo Zapata que rehusó desarmarse frente a promesas del gobierno, reconociendo (en las palabras de su nieta): “si no me cumplen estando mi gente armada, y yo también, mucho menos lo van a hacer después”.

Fue durante la Segunda Guerra Mundial que se hizo oficial lo que ya se había visto en las páginas de la historia mexicana, y aún mas claramente en sus campos de battalla: que el charro, el ciudadano armado, era la defensa natural del país. El presidente Manuel Ávila Camacho, viendo su disposición para servir en tiempos de incertidumbre y de guerra, los declaró reserva de las fuerzas armadas, “por lo que desde ese año los charros participan en las paradas militares del 15 de septiembre, al lado de los militares”.

Las armas tradicionales del charro han ido evolucionándose a pasar los siglos, pero ya para la época moderna parecen haber quedado bien en memoria dos, a saber: la guaparra y el revólver, que ya mencionamos. La guaparra es un tipo de machete, que se lleva en el recado tradicional del charro. Según lo dicho, el revólver que se lleva en estos días normalmente será de doble acción; o sea, a diferencia que los revólveres de los pistoleros del lejano oeste, estas armas más modernas tienen un gatillo que desarrolla la multiple función de girar el tambor, amartillar el percutor, y disparar el nuevo cartucho, en vez de requerir un movimiento separado para las primeras dos acciones.

El charro empeña el revólver en tareas combativas de la siguiente manera:

Como dato curioso, en el libro de la charrería se habla de la forma en la que el charro debía cuidar su pistola, la forma mas práctica para disparar, así como algunas técnicas para enseñar al caballo a ponerse como barrera en un enfrentamiento. El tiro consentido es el tiro de riña (algunos lo conocen como tiro yaqui) y se trataba, desenfundando con gran velocidad, tener la mejor puntería sin apuntar y con el arma tomada desde abajo.

Aún seguimos practicando ese tiro en el que somos muy buenos, y lo que te hace unirte a tu arma de manera especial, pues debes lograr una total conexión entre tu mirada y la pistola sin apuntar.

Hoy en día, aunque cargados al par de otros mexicanos con el peso de leyes que restringen el acceso legítimo a las armas, “El Charro [aún] lleva arma, para salvaguardar su familia y sus propiedades”. La Ley Federal de Armas de Fuego y Explosivos deja al alcance del ciudadano armas de puño de “calibre no superior al .380″ en el caso de pistolas semi-automáticas o de “calibres no superiores al .38 Especial” en el caso de revólveres. Pone restricciones pesadas sobre la pertenencia de armas largas y requiere la registración de las armas civiles, lo que tiene el efecto de disuadir a los seguidores de la ley para que no tengan armas, y controlar indebidamente a los que sí las tienen.

No es preciso en este momento revisar toda la ley; basta decir que es de sobremanera restrictiva y que, en comparasión con la inseguridad y poderoso sector criminal que existen en el país, sólo tiene el resultado de perjudicar a los buenos ciudadanos, haciéndoles sufrir en un estado de desigualdad y debilidad ante las amenazas a su seguridad.

Pero hablando específicamente del charro y de su tradición, nos conviene hacer nota de esta excepción:

A las personas que practiquen el deporte de la charrería podrá autorizárseles revólveres de mayor calibre que el de los señalados en el artículo 9o. de ésta Ley, únicamente como complemento del atuendo charro, debiendo llevarlos descargados.

Aún queda, dentro de una ley severamente desarmista, alguna protección de la tradición del charro como civil armado.

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Entonces el charro, acostumbrado a sus armas, experto con las mismas, y con el orgullo y amor patrio en el corazón, ha hecho de México un estado indepdendiente y de su pueblo un pueblo digno de derecho. Se ha enfrentando con nativos hostiles, con imperios europeos, con invasiones de vecinos, y con el mismo gobierno mexicano–y el charro, el civil armado mexicano, ha sabido conseguir los laureles de la victoria. Esa sí es una tradición que se merece celebrar. Los mexicanos del día de hoy pueden y deben mirar con orgullo al charro, sabiendo que por la valentía y destreza con armas del mismo, ellos también han heredado el espíritu de la independencia.

La verdad es que no todos pueden ser charros. Sin embargo, la herencia del civil armado es algo que comparte el pueblo mexicano entero. Es parte de su patrimonio nacional, y aunque las leyes dificultan e impiden la reverencia hacia esta tradición, reconozcamos que son muchos los que se esfuerzan por mantenerla viva como buenos ciudadanos. Y ahí no terminó: hace falta acción cooperativa para la liberalización del derecho de defenderse. Hace falta el espíritu indominable del charro para hacer frente a los obstáculos que traban a la justicia. Hace falta reforma legal para que el día de mañana, la libertad que siente el charro al montar su corcel sea un sentimiento compartido desde Chihuahua a Chiapas por un pueblo que sí sepa defenderse.

Es por esta tradicón orgullosa que el derecho de tener y portar armas es simplemente un derecho mexicano.

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Fotos de charros montados de Harvey O’Neal Stowe.

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¡Ustedes no saben qué es la libertad!

Me llamo Manuel Martínez. Nací en Cuba. Soy ciudadano estadounidense hace más de cuarenta años. Estoy en contra de cualquier manipulación, regulación, eliminación, o perturbación de la Segunda Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos.

En 1959, una revolución de individuos maliciosos haciéndose pasar por demócratas revolucionarios establecieron un régimen, un régimen dictatorio, en mi nación. Se llamaba comunismo, socialismo, stalinismo, marxismo, y cualquier otro nombre que se le quiera dar.

Se preocuparon por quitar las armas del pueblo–el derecho del pueblo de portar armas. Ese es un derecho dado por Dios. No se da por ninguna persona ni por ningún grupo. Es la misma cosa que la libertad, que es un derecho dado por Dios, y nadie, absolutamente nadie, tiene la autoridad de quitarla.

Hablo para defender la Segunda Enmienda, y mi derecho de ser libre, dado por Dios, terminará únicamente con mi muerte.

Lo he vivido. Lo he pasado. Ustedes no saben qué es la libertad porque nunca la han perdido. No han visto torturas. No han visto asesinatos. No han visto madres rogando por las vidas de sus hijos, hijos que sólo querían ser libres. Mataron tanto a las madres como a los hijos.

Entonces, estoy en contra de esto, porque al tergiversar la Segunda Enmienda, nos abrimos al comunismo en la misma manera que lo hicieron Cuba, China, Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Venezuela, y demás. Será un régimen dictatorio que destruirá este país, en la misma manera que se destruyeron los países que les mencioné.

Con controlar las armas, no protegerán a nadie. Eso no protege a los ciudadanos, no protege al pueblo. La única razón para controlar las armas es para que el gobierno pueda protegerse de los ciudadanos. En esa manera el gobierno podrá esclavizar, manipular el pueblo, y subyugarlo. Así pasó en Cuba hace 54 años.

Yo vine a este país para la libertad. Cuando yo llegué, las cosas eran diferentes. Este país me recibió con los brazos abiertos, y me dio algo que no podía tener en Cuba. Si no me hubieran recibido con los brazos abiertos, probablemente no estaría aquí hoy.

Espero que haya sido claro y que entiendan mi punto de vista. Creo que con esto concluyo mi testimonio.

¡Libertad! ¡Libertad!

Armas democráticas

George Orwell, autor de 1984, escribió lo siguiente el 19 de octubre 1945.

Es ampliamente entendido que la historia de civilización es mayormente la historia de armas. En particular, la conexión entre el descubrimiento de pólvora y el derrocamiento del feudalismo por la burguesía se ha notado una y otra vez. Y aunque no dudo que se encuentren excepciones, creo que la regla siguiente será, por lo general, cierta: que las épocas en que el arma principal es cara o difícil de construir tenderán a ser las épocas del despotismo, mientras cuando el arma principal es barata y sencilla, la gente común tiene una oportunidad. Entonces, por ejemplo, tanques, acorazados, y bombarderos son intrínsecamente armas tiránicas, mientras fusiles, mosquetes, arcos largos, y granadas de mano son intrínsecamente armas democráticas. Una arma compleja hace que los fuertes sean más fuertes, mientras una arma sencilla–siempre que no haya con qué contestarla–da garras a los débiles.

La gran época de democracia y de autodeterminación nacional fue la época del mosquete y del fusil. Después del invento del mosquete de chispa, y antes del invento de la cápsula fulminante, el mosquete fue una arma medianamente eficiente, y a la vez tan sencillo que podía ser fabricado en casi cualquier lugar. Su combinación de atributos hizo posible el éxito de la revolución americana y de la francesa, e hacía de una insurrección popular algo mucho más grave que lo que podría ser hoy en día. Después del mosquete vino el rifle de retrocarga. Éste fue una cosa relativamente compleja, mas podría fabricarse en veintenas de países, y era barato, fácilmente contrabandeado, y económico de munición. Aun la nación más primitiva siempre podía adquirir fusiles de algún fuente u otra, para que los bóeres, los búlgaros, los abisinios, los marroquíes–aun los tibetanos–pudieran luchar por su independencia, a veces con éxito. Pero después de eso cada desarrollo de técnica militar ha favorecido el Estado contral el individual, y el país industrializado contra el primitivo. Hay cada vez menos focos del poder. Ya, en 1939, sólo había cinco estados capaces de hacer guerra a gran escala, y ahora sólo hay tres–al final, capaz, sólo dos. Esta tendencia ha sido obvia por años, y fue reconocida por algunos espectadores aun antes del 1914. La única cosa que puede darle marcha atrás es el descubrimiento de una arma–o, para decirlo en términos más amplios, un modo de combate–que no dependa en gran concentraciones de fábricas industriales.

La teconolgía de armas ha avanzado algo desde la época de Orwell. Si se ha cumplido ya su profecía, por decirlo así, de una arma que traiga de nuevo equilibrio entre el individuo y el Estado, y entre las naciones grandes y pequeñas–no lo sé. Mas sí sé que es nuestro derecho el poseer aquellas armas que son más adecuadas para defender la democracia hoy. Que ejerzamos este derecho con la madurez y rectitud de buenos ciudadanos y libres, para que las generaciones futuras también lo pueden ser.

¿Para qué las armas de asalto?

Se ha dicho mucho en estos últimos días respecto a las “armas de asalto” o los “rifles de asalto”. Surge una y otra vez la pregunta: ¿para qué precisa un ciudadano común un arma así?

Primeramente nos conviene establecer de qué hablamos cuando decimos “arma de asalto” y “rifle de asalto”. Los rifles de asalto se definen, según Wikipedia, así:

Un fusil de asalto (también llamado rifle de asalto) es un fusil diseñado para el combate, con capacidad de fuego selectivo (capaz de disparar tanto en modo totalmente automático como en modo semiautomático).

Es decir, que como la ametralladora (aunque no es lo mismo), el fusil o rifle de asalto se puede disparar continuamente con sólo mantener apretado el gatillo. Cuando se suelta el gatillo, deja de disparar.

Conste que armas de este estilo han sido severamente reguladas en los Estados Unidos, al nivel federal, desde el año 1934. Hoy en día se encuentran en manos de muy pocos, por lo general siendo la propiedad de colectores que han invertido mucho dinero y tiempo en comprarlas y cumplir los extensos requísitos de la ley en cuanto a ellas. Este tipo de arma no fue la usada en la tragedia en Connecticut–de hecho, armas automáticas registradas segun el acto de 1934 (hay unas 120,000 en manos de civiles) se han usado en sólo dos asesinatos desde entonces, uno de ellos por un policía.

Entonces, el rifle o fusil de asalto ya es esencialmente ilegal para civiles, y las leyes hoy propuestas no buscan controlarlas más. A cambio, dicen sus escritores que buscan controlar las “armas de asalto”. En este caso, lo que generalmente quieren decir es un arma que tiene algunos aspectos en común con los rifles de asalto, mas que funcionan de manera puramente semiautomática. En otras palabras, por fuera se ven como rifles de asalto, pero por dentro funcionan así: sólo disparan una bala cada vez que se apreta el gatillo, no importa cuanto tiempo se mentenga apretado. Por cada bala que se dispara, el operador del arma tiene que tomar la decisión de dispararla.

Se discute mucho este término, “arma de asalto”. Entre nosotros que conocemos y somos dueños de este tipo de arma, se considera que llamarlas así sirve para confundirlas con los rifles de asalto arriba describidas, para que el público se asuste y quiera prohibirlas. También hace parecer que su propósito es para cometer asalto, no más. Para nosotros, no son “armas de asalto”. Son armas de defensa personal que también se usan para competencias de varios estilos, para la caza, y para recreación en familia y con amigos de confianza. De hecho, el Departamento de Seguridad Nacional recién solicitó 7,000 rifles de asalto–los que disparan varias balas mientras se apreta el gatillo–y los llamó “armas adecuadas para la defensa personal“.

Bueno, entonces capaz que “arma de asalto” no es un término apto. Ahora que sabemos de qué estamos hablando, y cómo se debe llamar, nos toca considerar la pregunta central de esta composición. ¿Para qué estas armas? La respuesta tiene dos argumentos centrales: que las personas tienen un derecho natural y constitucional a tenerlas, y porque en manos de civiles, tales armas sirven para varios propósitos legítimos. El primer argumento repasaremos brevemente, y el segundo más profundamente, aunque de verdad el caso para las “armas de asalto” está hecho ya con el primero.

El derecho natural de tener armas se derive de dos reconocidos derechos: la de vida, y la de propiedad. El derecho de vida–que tenemos el derecho de vivir sin que nadie nos lastime o nos mate–indica que, frente a tales ataques contra este derecho y contra nuestra persona, tenemos el derecho de defendernos. Este derecho se expresa cuando una mujer echa aerosol de pimienta en la cara de un violador, tanto como cuando los judíos de Varsovia, Polonia, tomaron las armas contra los nazis. Todos tenemos el derecho de vida, y también el derecho de defendernos. Encima tenemos el derecho de ser dueños de propiedad–tierra, casa, automóvil, televisor, y sí, también las armas, que se usan para proteger el derecho de vida. Así es que las personas tienen un derecho natural a estar armadas.

El derecho legal de estar armado se codificó en la Segunda Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, que dice:

Una milicia bien organizada, siendo necesaria para la seguridad de un estado libre, el derecho del pueblo de tener y portar armas, no será infringido.

Más adelante podemos hablar más de esta enmienda, mas por el momento nos basta reconocer unos cuantos aspectos de ella. Primero, en ningún lado dice que el derecho de tener y de portar armas “será dado”; antes bien, como se lee, la enmienda protege un derecho que ya existe–el derecho natural que antes tratamos. Segundo, no dice específicamente qué armas están protegidas, y no dice que ciertas armas pueden prohibirse; antes bien usa una palabra general, que es “armas”, y dice que el derecho de tenerlas está protegido. También veamos que el deporte o la caza u otras actividades para que se usan las armas, aunque sean legítimas y sus armas protegidas, no están mencionadas–la razón concretamente mencionada para que debamos mantener este derecho es porque “una milicia bien organizada” es “necesaria para la seguridad de un estado libre”. La milica era y todavia legalmente es el pueblo de los Estados Unidos. Finalmente, reconozcamos qué significa la palabra “infringir”. No tan solo quiere decir “violar por completo”, sino que significa “empezar a violar, aún por el borde“. La Segunda Enmienda nos protege, no tan solo de que nos quiten las armas por completo, sino de que nos empiecen a controlar en lo más mínimo repecto a ellas.

Ahora, el segundo argumento, que es que estas armas semiautomáticas sirven para varios propósitos legitimos. Entre éstos se encuentran el tirar a blanco, las competencias de armas, la caza, la defensa personal, y el mantener el equilibrio de poder entre el pueblo y el gobierno.

Que se usan para tirar a blanco puedo testificar yo. Lo he hecho. Es divertido, seguro, y tranquilo. La gran mayoria de las balas disparadas por civiles son disparadas hacia papel y latas, y siempre será así: en 2011, sólo 3.5% de los homicidios se cometieron con rifles, y las “armas de asalto” sólo son un tipo de rifle. Hay, por una estimación, 3,750,000 fusiles AR-15 en manos de civiles en los Estados Unidos, y esos son solo un tipo de “arma de asalto” que las leyes hoy propuestas buscan controlar. Obviamente nuestros conciudadanos que son dueños de tales armas no las están usando para mal–por ahí perdí las noticias, pero yo no supe de casi cuatro millones de asesinatos recientes. El controlar el AR-15 y armas parecidas serviría de castigo para tantos ciudadanos que no han cometido ningún crimen con ellas, y no es justo restringir los derechos de muchos para intentar prevenir los crímenes de poquísimos.

Las “armas de asalto” son muy populares también para ciertas categorías de competencia, entre ellas High Power Rifle, donde se dispara a larga distancia parado, sentado, y prono–esta categoria de competencia llega a su cima en Camp Perry, Ohio, una instalación de la Guardia Nacional del Ejército, donde civiles y militares compiten juntos.

Para la caza las armas iguales o parecidas a las militares se han usado con frequencia. El mismo mosquete que nuestros antepasados usaban para ahuyentar a poderes europeos también servían para adquirir carne para la mesa. Yo he usado un M-1 Garand, el fusil que los Estados Unidos usó en la Segunda Guerra Mundial, para cazar jabalí. Y hoy en día mucha gente, incluso veteranos, usan armas parecidas a las armas militares de hoy para la misma función: dar a comer a sus familias.

Dirán los que están en contra: Sí, se pueden usar para la caza o para la competencia o para pasar una tarde con los amigos en el campo–pero ¿no contribuyen también a masacres como la de Connecticut? Para la defensa personal, ¿no bastan armas menos alarmantes, que también cumplen los otros objetivos de entretenimiento y caza? Eso es lo que con frequencia se escucha de aquellos que quieren hacer ilegales o muy contraladas este tipo de arma.

Consideremos su propuesta. Estas armas son la mejor tecnología dispuesta para que un ciudadano se defiende, entre los otros usos que he mencionado. Son maymormente ligeras, faciles de aprender a usar, tienen poco retroceder, y ofrecen como capacidad (no capacidad alta sino estándar) unos veinte o treinta disparos. Tiran balas de calibre medianamente puequeña y relativamente débil, haciendo que sean mas seguras para usar en casa sin miedo de que penetren varias paredes y lastimen a la familia o a los vecinos.

A cambio, las escopetas de doble cañón y los rifles tradicionales de caza no son tan adecuadas para la defensa personal. Se usaban en un entonces y cuando no hay nada mejor disponible o en ciertas situaciones, hoy se siguen usando. También la espada, la piedra, y el palo se usaban y a veces se usan hoy para defenderse. Desafortunadamente, la tecnología empleada por los elementos criminales de este mundo se ha avanzado. Ya las piedras y los palos, y de algún grado las armas de fuego antiguas, ya no son tan eficaces, hablando relativamente, a los desafios de defensa personal que hoy se enfrentan. Encima, las armas de caza son muchas veces pesadas, tienen mucho retroceder, y ofrecen una capacidad limitada de disparos–aunque dos o tres tiros pueden ser suficientes, ninguna persona que sobrevivió un tiroteo con un asesino dijo después “¡ay, pero ojalá hubiera tenido menos balas yo!” Muchas veces tiran balas demasiado grandes para ser adecuadas para la defensa personal dentro de un vecindario poblado, ya que las armas de caza fueron diseñadas para usar en campo abierto y a larga distancia. Si mi vecino tiene que defenderse, que sea con una “arma de asalto”, pues con ella será menos probable que una bala pase por la pared y entre mi casa.

También hay situaciones no tan comunes como un robo, pero que sí a veces pasan y que pueden llegar a afectar a muchas personas a la vez. Hablo de los desastres naturales y los disturbios civiles. En 1992 en Los Angeles, hubo gran disturbio relacionado con el caso de Rodney King. Especialmente afectada fue el vecindario conocido como “Koreatown”. Pero en respuesta al creciente disturbio, los coreanos de ese lugar no se entregaron a lo inevitable, sino que tomaron las armas para defenderse y para defender sus negocios. Mientras la policía se negó a defender su vecindario, ellos sí lo hicieron, y eficazmente. En este caso, entre las armas usadas eran las supuestas “armas de asalto”. En tal situación, un arma con una capacidad estándar de veinte o treinta disparos sería útil para la defensa personal.

La última respuesta a la pregunta “¿para qué las armas de asalto?” es que sirven para mantener el equilbrio de poder entre la población civil y el gobierno, con sus fuerzas policiales y ejércitos. La historia está repleta de cuentos de gobiernos tiranizando su gente, rigiendo con fuerza militar a las poblaciones indefensas. La tiranía es resultado de varias circunstancias y corrientes, sí, pero un desequilibrio de fuerza contribuye a su eficacia. En Cuba, poco después de subir al poder, Fidel Castro pronunció el siguente discurso:

Yo les voy a hacer una pregunta: ¿Armas para qué? ¿Para luchar contra quién? ¿Contra el Gobierno Revolucionario, que tiene el apoyo de todo el pueblo? … ¿Armas para qué? ¿Hay dictadura aquí? ¿Van a pelear contra un gobierno libre, que respeta los derechos del pueblo? ¿Ahora que no hay censura, y que la prensa es enteramente libre, más libre de lo que ha sido nunca, y tiene además la seguridad de que lo seguirá siendo para siempre, sin que vuelva a haber censura aquí? ¿Hoy, que todo el pueblo puede reunirse libremente? ¿Hoy, que no hay torturas, ni presos políticos, ni asesinatos, ni terror? ¿Hoy que no hay más que alegría, que todos los líderes traidores han sido destituidos en los sindicatos, y que se va a convocar inmediatamente a elecciones en todos los sindicatos? Cuando todos los derechos del ciudadano han sido restablecidos, cuando se va a convocar a unas elecciones en el más breve plazo de tiempo posible, ¿armas, para qué? ¿Esconder armas, para qué? ¿Para chantajear al Presidente de la República? ¿Para amenazar aquí con quebrantar la paz? ¿Para crear organizaciones de gánsteres? ¿Es que vamos a volver al gansterismo? ¿Es que vamos a volver al tiroteo diario por las calles de la capital? ¿Armas, para qué?

Y si eso es así, si hay libertades, si hay un gobierno de hombres jóvenes y honrados, si el país está contento, si tiene confianza en ese gobierno y en los hombres que están mandando las fuerzas armadas, si va a haber unas elecciones, si las puertas están abiertas para todos, ¿por qué almacenar armas? Yo quiero que me digan si el pueblo lo que quiere es que haya paz, o lo que quiere es que en todas las esquinas haya un tipo armado con un fusil; yo quiero que me digan si el pueblo está de acuerdo o considera que es correcto que todo el que quiera aquí tenga un ejército particular, que no obedezca más que a su jefecito; si así puede haber orden y paz en la República.

Y esos son los problemas que hoy he querido plantear ante el pueblo. Lo antes posible tienen que marcharse los fusiles de las calles y desaparecer los fusiles de las calles. Porque ya no hay enemigo enfrente, porque ya no hay que pelear contra nadie; y si algún día hay que pelear contra un enemigo extraño o contra un movimiento que venga contra la Revolución, no pelearán cuatro gatos, peleará el pueblo entero. Donde las armas tienen que estar es en los cuarteles, que nadie tiene derecho a tener ejércitos particulares aquí.

Sus razones para que el pueblo fuera desarmado son muy parecidas a las que se proponen hoy día, y como hoy se pronunciaron entre aplausos. Decía que no era su intención buscar las armas entre el pueblo, sino cambiar el corazón de aquellos que las tenían, mas después se aprovechó de sistemas de registración de armas para quitarlas del pueblo. Desarmado, el pueblo que recién fue libertado de los excesos de Batista ahora ha sufrido bajo el mando opresivo del gobierno revolucionario desde entonces, sin que se cumplan las promesas de un país libre que hizo Castro en ese mismo discurso.

Es sólo un ejemplo, pero es importante que mantengamos las armas para que tales cosas no lleguen a pasar aquí. Muchos dicen que no pueden pasar aquí, que éste es un país libre, democrático y tranquilo. Pero no se paran a preguntar si es precisamente porque los civiles de los Estados Unidos están tan bien armados que nuestro gobierno gobierna con una mano relativamente ligera, mientras en muchos otros países americanos han regido gobiernos militares y opresivos. Yo pienso que ésa es parte de la razón por la cual no hemos sufrido los mismos pesares gubernamentales: el mantener las armas llamadas “de asalto” sirve para que siga ese equilibrio libertador del poder. Opinaron lo mismo los padres de nuestra patria cuando escribieron Federalista 46 y la Segunda Enmienda de la Constitución, entre muchas otras evidencias que existen de su apoyo para un pueblo armado que pudiera enfrentar a su propio gobierno. En otra ocasión las consideraremos más profundamente.

En conclusión, las “armas de asalto” no son ametralladoras, que ya están esencialmente prohibidas; antes bien disparan una vez cada vez que se apreta el gatillo. El nombre que se les ha puesto a fin de demonizarlas no es adecuado; sugiero que les digamos “rifles modernos”. Sirven varios propósitos legítimos, entre ellos el deporte, la caza, y la defensa personal. Hay millones de ellas en manos de civiles que las usan para bien, y todos tenemos un derecho tanto natural como legal de tenerlas en nuestras manos. Invito a toda persona que no conozca estas armas a conocerlas bajo buena instrucción y de manera segura, y así llegar a conocer mejor el derecho que Dios le dio y que los padres de nuestra patria sangraron para que tuviera. El hecho de que se va a divertir es sólo un benifico extra.

Usted ¿qué sabe de las armas?

Últimamente he estado pensando en un tema, que es el de cómo nuestra familiaridad con las armas cambia nuestra percepción de ellas.

Recuerdo cuando de niño mi padre me llevó al campo a enseñarme a disparar un rifle de calibre .22. Nunca lo había hecho antes, y recuerdo hasta hoy día muchos detalles de aquella experiencia. Basta decir que me dejó marcado. Me divertí mucho, pero también habré estado un tanto nervioso–mi madre seguramente lo fue, y se quedó en la camioneta esa y cada otra vez que estuvo presente cuando yo y mi padre, y luego mis hermanas menores, fuimos a disparar.

Hoy no siento los mismos nervios. ¿Por qué la diferencia hoy? Las armas no son menos poderosas–antes bien, hoy estoy acostumbrado a practicar con armas de calibre mayor que aquel pequeño fusil, diseñado para joven. Sin embargo, la experiencia ya no es igual que antes. De hecho, es un poquito más aburrido ahora que lo fue en esas primeras ocasiones. Para mi madre, a cambio, poco ha cambiado.

Lo que ocasionó la diferencia en actitud fue una cosa, y una cosa sola: experiencia.

Para hacer más fácil de entender este principio, usemos un ejemplo, el de los automóviles. No es un ejemplo perfecto–analogías perfectas hay pocas en este mundo–pero para nuestros propósitos en este momento, nos servirá de ayuda. Ahora nos es suficiente reconocer que hay una gran diferencia entre tener o portar, y usar: el poner reglas respecto a la posesión no es tan inocente como el poner reglas respecto al uso, aunque el intento de las dos reglas sea supuestamente para el bien público.

¿Recuerda usted la primera vez que se puso atrás del volante de un automóvil? ¿Cómo fue? Seguramente algo para causar sentimientos nerviosos, ¿no? Pero ahora, ¿cómo se siente manejar? Seguramente se ha hecho algo común, no algo para dar asombro, ni para hacer palpitar el corazón. Todavía respetamos el hecho que el auto es una máquina con potencial peligrosa, pero ahora entendemos–no tan solo porque se nos ha dicho, pero por experiencia–que el automóvil es una herramienta que nosotros somos capaces de controlar según nuestra voluntad. Ahora entendemos, no tan solo por haberlo escuchado, sino por haberlo vivido, que está en cada uno de nosotros conducir con cuidado.

Ahora volvamos al tema de las armas. La gente que las conoce bien no tiene miedo de ellas en sí, aunque respeta tal vez mucho más que otros su potencial, ya que la conoce por experiencia. La gente que las conoce poco no tiene tanto miedo de ellas, aunque quizás esté dudosa de otras armas con las cuales no tiene experiencia. La gente que las desconoce enteramente o casi enteramente muchas veces siente gran aprensión al pensar en ellas, y sólo puede imaginarlas como símbolos del mal y agentes de maldad.

Ahora, imagínese usted que nunca tuvo la oportunidad de aprender a manejar un auto, ni ser pasajero en uno. Ni tampoco sus vecinos y amigos lo han hecho, con rara excepción. Usted ve en las noticias como los autos están involucrados en todo tipo de mal, desde choques menores hasta robos de banco y accidentes que resultan en la muerte de muchas personas inocentes. ¿Qué va a pensar usted en cuanto a los automóviles? Por más ridículo que parezca, usted probablemente va a pensar que los autos no sirven para nada sino para maldad, y ni se le va a ocurrir que el auto puede servir para bien o ser útil. Hasta apoyaría aquellas leyes que prohiben los autos para la gente común o hace muy, muy difícil que los compre o los tenga.

Esta es la misma situación en que están muchas personas en relación con las armas. No las han visto sino en manos de policía. No las han usado ni conocen a muchas personas que lo han hecho, y capaz que los pocos conocidos que sí lo han hecho no lo han hecho de manera muy segura (por ejemplo, los que se ponen borrachos y disparan en el aire para dar la bienvenida al año nuevo)–esto causa en aquellas personas una mala opinión de las armas. Finalmente, ven sobre las noticias informes de robos y asesinatos y terminan pensando que las armas son irrevocablemente afiliados con el mal. Ni se paran a pensar que las armas, como los autos, pueden tener utilidad e importancia. Desafortunadamente, no tan solo eso, sino que también esas personas van a apoyar aquellas leyes y reglas que quitan estos supuestos males de las manos de la gente común–pues, ¿no entienden muy bien que las armas no sirven para bien?

Una gran parte del problema, entonces, es esta falta de experiencia con las armas, que conduce a una fobia de ellas. Estas mismas personas–y capaz que usted sea una de ellas–a su vez tienen el poder de votar y decidir para todos nosotros las reglas que se pondrán en práctica respecto a las armas. Ya que éste es el caso, y que es responsabilidad de todos votar sabiendo de qué votamos, invito a toda persona honrada que no conozca las armas a conocerlas, bajo buena instrucción, y respetándoles con estas cuatro reglas de seguridad:

1. Trate cada arma como si estuviera cargada.

2. Nunca apunte una arma a ninguna cosa que no esté dispuesto a destruir.

3. No toque el gatillo de una arma hasta que esté listo para dispararla.

4. Esté siempre seguro de su blanco y de lo que quede atrás de él.

Si así lo hacen, les puedo prometer dos cosas: se divertirán, y lograrán un mejor entendimiento de qué son las armas. Si vamos a estar votando e instruyendo a generaciones futuras en cuanto al asunto, que nos eduquemos de verdad en cuanto al asunto es poco para pedir. Lo debemos a todas las personas cuyos derechos están en juego–a saber, usted, yo, y nuestros hijos.

Puede que ahora no le gustan las armas a usted, pero imagina: ¿cómo sería su vida y su percepción de los automóviles si nunca hubiera aprendido a manejar?